Cuando comencé este blog traté de considerar con detenimiento el nombre del mismo. Las palabras expresan ideas y las ideas manifiestan una cosmovisión ─la forma en que vemos el mundo─; por ende, mi deseo era ser lo más preciso posible al escoger dicho nombre, con el fin de demostrar desde el inicio mi intención al escribir. Esta consideración me llevó a la palabra «peregrino».
El diccionario define peregrino como una persona «que anda por tierras extrañas». Esta corta pero poderosa definición es absolutamente precisa para expresar la manera en la que debemos ver nuestra vida como creyentes en este mundo. Existen varios detalles que podemos considerar a la luz de esta verdad, con el fin de que podamos comprender este concepto de una mejor forma.
Un peregrino siempre tiene en mente el lugar a donde se dirige
Más que tener su mirada en la tierra extraña en la cual está de paso, un peregrino tiene fijo en su mente el lugar a donde se dirige. Como cristianos solo estamos en este mundo de forma breve y pasajera (Santiago 4:14); por lo tanto, nuestros deseos y anhelos deben estar en el lugar a donde nos dirigimos, el cielo, allí donde mora Dios (Mateo 6:19-21). Nunca debemos olvidar que no pertenecemos a este mundo pasajero (Juan 17:14).
Un peregrino no se distrae con cosas sin importancia
Debido al deseo que tiene en su corazón por llegar a su destino, un peregrino no se deja enredar por cosas pasajeras (2 Timoteo 2:4) que puedan estorbar el objetivo de terminar su viaje con éxito. Vivimos en un mundo lleno de distracciones que buscan llamar nuestra atención y desviarnos de la meta principal que tenemos como creyentes: vivir para Dios mientras Él nos llama a Su presencia. Por esta razón, un peregrino siempre debe tener una actitud vigilante que le permita examinar todo cuidadosamente (1 Timoteo 5:21-22), reteniendo en su corazón solo aquellas cosas que sean de ayuda en su viaje hacia su verdadero hogar.
Un peregrino no permanece callado
La meta de presentarse ante su Señor aprobado (2 Timoteo 2:15), hace que un peregrino no solo transite con ánimo y alegría por estas tierras extrañas ─aún en medio de los más grandes peligros─, también lo mueve a compartir con otros acerca de Aquel que lo espera al final del camino. Sería triste y paradójico que alguien que se dirige a la presencia de Dios no le comparta a otras personas las maravillas de Aquel que lo llamó de las tinieblas a la luz (1 Pedro 2:9). Un peregrino es entonces alguien que con sus labios, y también con su ejemplo, comparte de la grandeza de Su salvador, orando mientras camina y lleva la semilla que puede producir vida nueva en el corazón de los perdidos (Marcos 4:26-27).
Un peregrino no necesariamente viaja solo
Aunque nuestro transitar por el mundo como peregrinos es algo que hacemos principalmente solos, porque nuestra vida de fe es algo individual, lo cierto es que existe un sentido en el que estamos acompañados en nuestro viaje por estas tierras extrañas. ¡Gracias al Señor no somos los únicos! Existen otros peregrinos que van a nuestro lado y se esfuerzan por llegar al final. Esta es una gracia especial del Señor para los Suyos porque los anima a continuar, sabiendo que hay otros que también transitan por este mundo hostil contra Dios con el ánimo de arribar a la meta y escuchar esas hermosas palabras que Cristo dirá a aquellos que compró con Su sangre: «bien, siervo bueno y fiel; entra en el gozo de tu Señor» (Mateo 25:21).
Creyente, cuando las cosas pasajeras traten de enredarte y seducirte para abandonar el camino, recuerda que el atleta que corre la carrera se abstiene de todo aquello que pueda hacerlo perder el trofeo, ¡cuánto más tú que buscas algo que permanecerá para siempre! (1 Corintios 9:24-25). Cuando tu peregrinar sea difícil debido a las pruebas y las luchas, recuerda que Cristo te recibirá en tu verdadero hogar (Juan 14:1-3); allí no serás más un peregrino, allí serás un hijo que llega a casa para disfrutar de su Padre por siempre.

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