¿Cuántos de nosotros quisiéramos detener el tiempo? Su paso trepidante muchas veces nos deja sin aliento, y pareciera que cada vez avanza con más rapidez.
Como criaturas finitas, los seres humanos vivimos en una relación interminable con el tiempo y todo lo que experimentamos está relacionado con él, incluso nuestra forma de hablar ─hicimos, hacemos y haremos tal o cual cosa─. El pasado, el presente y el futuro siempre están en nuestra mente y es en ellos en que se desarrolla toda nuestra vida.
Ahora bien, esto puede llevarnos a la conclusión errónea de personificar el tiempo; es decir, referirnos a él como si fuera un ser vivo. Incluso, en la antigüedad fue llamado el padre tiempo. Esta es una tentación común; finalmente, en él se llevan a cabo todos los acontecimientos de la historia humana ─también en el espacio─. Sin embargo, el tiempo solo es la fábrica que Dios ha escogido para que Sus criaturas puedan comprender y definir todo lo que ocurre, desde Su plan glorioso y eterno hasta nuestras acciones más sencillas. Esto significa que no somos esclavos del tiempo porque servimos a Aquel que gobierna sobre él.
Dios es Señor sobre el tiempo
Si tenemos en cuenta que el tiempo es un siervo de Dios ─no el sentido de que tenga vida en sí mismo, sino comprendiendo que es en él donde el Señor decidió que ocurrieran las cosas─ podremos tener más consuelo al ver su paso imparable. Dios es quien interviene en el tiempo, llevando a cabo Sus propósitos con algún fin determinado; todo forma parte de Su plan y Su decreto. Esto es algo que podemos ver incluso en la encarnación de Dios el Hijo, el Señor Jesús. En Gálatas 4:4 leemos: “Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley”. Esto significa que cuando Jesucristo entró al mundo lo hizo en el momento indicado por el Padre, un momento único en la historia -caracterizado por los elaborados caminos del Imperio romano, el griego como la lingua franca y la pax romana– que fue propicio para que Sus enseñanzas llegarán a todas las naciones del mundo conocido.
Entender que Dios controla el tiempo de esta forma tan detallada me brinda ánimo porque todas las cosas, y los momentos en que ocurren, tienen un propósito específico que el Creador está llevando a cabo, aunque a nosotros nos parezca que el reloj libra una batalla a muerte en nuestra contra. Además de esta gran verdad, existen otras realidades que me consuelan con referencia al agitado paso del tiempo.
–Nos enseña a ser agradecidos
No importa qué tanto podamos vivir, o cuántas cosas podamos hacer, debemos ser agradecidos con el Señor por el tiempo que nos da. Tal vez siete o ocho décadas parezcan poco, pero lo cierto es que ese es el tiempo que el Señor nos ha querido dar y por esa causa debemos estar agradecidos; después de todo, Él en Su misericordia nos ha permitido vivir. Sin Su intervención directa nunca habríamos existido; eso es algo para agradecer.
–Nos da un corazón más humilde y sabio
Entender cuán breve es nuestro paso por este mundo y cuán rápido los días y las horas se resbalan entre nuestros dedos, nos hace, o debería hacernos, más humildes. Nuestra humana debilidad está representada muy claramente en nuestra impotencia ante el inmisericorde paso del tiempo. No importa que tan «grande» haya sido un hombre o cuántas cosas haya logrado, lo cierto es que al final él volará y será olvidado. Moisés lo expresó maravillosamente en el Salmo 90: 10-11: «Los días de nuestra vida llegan a setenta años; y en caso de mayor vigor, a ochenta años. Con todo, su orgullo es solo trabajo y pesar, porque pronto pasa, y volamos». Debido a esa verdad ineludible, él agrega: «¿Quién conoce el poder de tu ira, y tu furor conforme al temor que se te debe? Enséñanos a contar de tal modo nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría» (vrs. 12-13).
Sean muchos o sean pocos, debemos orar al Señor para que nos ayude a contar nuestros días, a vivirlos y recordarlos, de tal manera que traigamos al corazón sabiduría. No debemos vivir como los necios que solo hacen las cosas por hacerlas, creyendo que «aprovechan» sus vidas haciendo lo que consideran mejor. Si somos de Dios, si hemos creído verdaderamente en lo que Él dice en Su palabra, buscaremos vivir para Cristo ─glorificando a Dios en lo que hacemos (1 Corintios 10:31), guardando Sus mandamientos (Juan 14:15) y sirviendo en amor a aquellos que nos rodean (Gálatas 5:13)─ y no para nosotros mismo. Esto requiere una humildad que está más allá de la experiencia humana porque en nuestra arrogancia y al creernos señores de nuestro destino, siempre tendemos a buscar nuestra voluntad y hacer con nuestras vidas lo que consideramos mejor ante nuestros propios ojos. Esto es algo a lo que podemos estar tentados incluso como creyentes; por lo tanto, bien haríamos en orar de la misma forma en que lo hizo Moisés para que, al reflexionar acerca de nuestro breve paso por este mundo temporal, podamos traer sabiduría a nuestro corazón.
–Nos hace considerar las cosas eternas
Finalmente, meditar en el inexorable paso del tiempo debe hacer que consideremos con mayor cuidado las cosas eternas; después de todo, si estamos en este mundo por un periodo tan corto debemos tener en cuenta la eternidad que Dios ha puesto en nuestro corazón (Eclesiastés 3:11) y buscar las cosas de arriba (Colosenses 3:1) con más vehemencia, poniendo nuestros tesoros en el cielo porque allí están preservados, no solo de la brevedad del tiempo sino de la corrupción del pecado que hace que las cosas de esta vida solo sean momentáneas (Mateo 6:19-21).
Concluimos entonces que lo necesario no es detener el reloj, lo necesario es reconocer que Dios es Señor sobre el tiempo y obra en las vidas de los Suyos por medio de él, sin importar que tan rápido este continúe corriendo.

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