Algunas veces nuestra mente parece nublarse. El dolor, la tristeza, el pecado y las situaciones que vivimos no nos permiten pensar con claridad, y por ende nuestras decisiones se ven afectadas. Además, vivir en este mundo lleno de información no ayuda. Considerar todas las cosas que pasan en un solo día y tener acceso a cada una de ellas por medio de la internet es algo que puede ser abrumador. ¿Cómo es posible entonces quitar las nubes de nuestro pensamiento? ¿Es posible pensar con claridad y por ende actuar en consecuencia a dichos pensamientos?
Aunque siempre se ha dicho que los niños actúan como esponjas, absorbiendo las cosas que ven y aplicándolas a sus jóvenes vidas, lo cierto es que como adultos podemos hacer lo mismo. Nuestra mente es maravillosa y puede retener una inmensa cantidad de información, de manera que debemos ser cuidadosos con las cosas a las que nos exponemos porque estas pueden poner nubes en nuestra mente y oscurecer la forma en que pensamos.
Cuidar aquello que vemos, oímos y leemos es clave en este proceso; si no lo hacemos, pasaremos horas llenando nuestra mente de nubes oscuras que no permitirán que pensemos correctamente. Pocas veces somos conscientes de cómo las cosas a las que nos exponemos nos afectan y nos dañan, especialmente en nuestro caminar cristiano. Terminamos haciendo las cosas porque tenemos que hacerlas o porque nos divierten y nos desconectan de la realidad, al menos por un momento, pero en muchas ocasiones pareciera que no hay un verdadero propósito en lo que hacemos.
Dios no creó al hombre para que viviera de esa manera, Él nos creó para que disfrutáramos de Su presencia y viviéramos a la luz de Su palabra, haciendo lo que le agrada y sirviéndole a Él y a la comunidad en la cual nos encontramos. Pero no es posible hacer eso si nuestra mente está llena de confusión, pecado y conformismo con las cosas del mundo. La sociedad nos enseña que vivamos para nosotros mismos, pero lo cierto es que como creyentes no podemos hacerlo. El Señor Jesús dijo en Mateo 16:25:
«Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí, la hallará«.
Duras palabras, especialmente para una cultura tan centrada en el hombre y sus placeres como la nuestra. Debemos entonces perder nuestra vida, la única que tenemos, para vivir para Él, un hombre que estuvo en el mundo hace casi 2 mil años y que prometió regresar nuevamente a la tierra a establecer Su reino. Suena un poco extraño, ¿no es así? Incluso necio o loco, podría pensar alguien; y lo cierto es que las Escrituras no ocultan que esto en verdad es una locura para el mundo. El apóstol Pablo, hablando a la Iglesia de Corinto, escribió:
«Porque ya que en la sabiduría de Dios el mundo no conoció a Dios por medio de su propia sabiduría, agradó a Dios, mediante la necedad de la predicación, salvar a los que creen» (1 Corintios 1:21).
La palabra que en español se traduce necedad es el término griego moría, que puede ser traducido «locura». Pablo, inspirado por el Espíritu de Dios, reconoce que el evangelio es una locura para el mundo. ¿Cómo habríamos de vivir para un hombre que murió en una cruz y fue rechazado por Su propio pueblo (Juan 1:11), el cual no le reconoció como el Mesías? ¿Cómo creer que Él es Dios encarnado, el Creador de todas las cosas (Juan 1:1-3, Juan 20:26-29; Colosenses 1:16; Filipenses 2:5-6; Tito 2:13; 2 Pedro 1:1), cuando fue un carpintero de un olvidado pueblo de Palestina? No parece tener mucho sentido. Pues bueno, esos eran los argumentos que tanto judíos como griegos tenían contra el Señor Jesús (1 Corintios 1: 22-23), y por eso el mensaje del evangelio les parecía una locura.
¿Y qué de ti? ¿Has creído ese mensaje? ¿Lo has abrazado en tu corazón? ¿Has perdido tu vida por causa del Señor para salvarla de la condenación eterna? Ese es el primer paso para pensar con claridad: creer la locura del evangelio. Si no creemos este mensaje nunca podremos pensar claramente y ver el mundo como realmente es. ¿Y qué de los creyentes? Si ya hemos creído esa maravillosa y ─ante los ojos del mundo─ necia verdad, ¿cómo podremos pensar claramente cuando la oscuridad nos embote? Debemos ir a las Escrituras. No lo digo como un cliché, sino como algo verídico. Me sorprende con cuánta facilidad los cristianos decimos esta frase sin leer en verdad la Biblia. Con el tiempo nos confiamos y nos alejamos paulatinamente de la palabra de Dios. Tal vez por eso vivimos en medio de confusión y desasosiego. Filipenses 2:8 dice:
«Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad«.
Si hiciéramos lo que el Señor nos dice en este texto, nuestra mente, aún en medio de la lucha con el pecado, las tristezas y el dolor, podría encontrar la claridad que tanto requerimos para el día a día.

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