Esta interesante pregunta pone en nuestra mente otros interrogantes que debemos considerar. Si es posible hacerlo, ¿qué querríamos cambiar entonces? ¿Con qué fin? Además, debemos tener en cuenta a qué nos referimos con mundo. Muchos consideran que el mundo que pueden cambiar es la tierra, y por eso se esfuerzan grandemente en las causas ambientales y sociales que buscan su preservación, procurando de esta forma cambiar el planeta en que vivimos. Por otro lado, algunos piensan que el mundo que es posible transformar es algo intangible, y por eso ponen su empeño en cambiar la forma en que las personas piensan y cómo conciben la realidad que está a su alrededor.
Creo que en lo que respecta a los creyentes, y de acuerdo a lo que dicen las Escrituras, nuestro trabajo se encuentra en la segunda categoría, y esto radica principalmente en una afirmación del Señor Jesús en Juan 18:36: «Mi reino no es de este mundo«. Si tenemos en cuenta las palabras del Salvador en este texto, el mundo en el que estamos pasa a un segundo plano e intentar cambiarlo y presevarlo en el sentido físico no tiene tanta importancia, lo cual por supuesto no significa que no cuidemos el lugar que Dios no ha dado como hogar. Sin embargo, sabemos que este mundo está bajo la maldición de Dios debido al pecado que entró a la creación por la desobediencia de Adán y Eva (Génesis 3:17). Además, la Biblia también nos enseña que Dios destruirá por medio del fuego esta creación (2 Pedro 3:10) para hacer cielos nuevos y tierra nueva (Isaías 65:17; 2 Pedro 3:13).
Sabiendo entonces que el mundo que como creyentes debemos cambiar es el intangible y no el tangible, y teniendo en cuenta que el fin con el cual nos involucramos en esa labor es la gloria de Dios, entonces nos queda preguntarnos cómo podemos hacerlo. Solo existe una respuesta correcta a este interrogante: el evangelio.
Aunque es posible ser de influencia a quienes nos rodean por medio de lo que hacemos, lo cierto es que la forma en que podemos cambiar su mundo, es decir su cosmovisión, es a través del poderoso mensaje del evangelio, las buenas nuevas de salvación en Cristo (Romanos 1:16). Ahora bien, en realidad no somos nosotros quienes lo hacemos, es Dios ─Él es quien se lleva la gloria al salvar─, pero lo cierto es que el Señor nos usa como instrumentos para esa labor. Por eso es tan importante que compartamos este mensaje maravilloso que Dios nos ha dado, el mensaje que pone la bandera del reino de Dios en el corazón de todo aquel que se arrepiente de sus pecados, cambiando su mundo para siempre.
Dios en Su decreto determinó que la forma en que salvaría a Su pueblo sería a través de la muerte sustituta del Señor Jesús en la cruz, y la manera en que los integrantes de dicho pueblo conocerían la obra que Cristo realizó a su favor sería por medio de un mensaje: el evangelio. Por eso es necesario predicarlo, porque si alguien no lo escucha, ¿cómo creerá? (Romanos 10:14).
Jesucristo agrega subditos a Su reino uno a uno ─a quienes Él por gracia no se averguenza de llamar hermanos (Hebreos 2:11-12)─, y Él reinará en el corazón de ellos hasta el día en que regrese y establezca el gobierno de Dios de forma absoluta y visible en toda la nueva creación (Apocalipsis 11:15).¡Compartamos entonces el glorioso mensaje del evangelio para que cada día muchos más se sumen al reino de Dios!
Aunque depende del Señor salvar a los hombres según Su voluntad, lo cierto es que nosotros, de este lado del cielo, podemos usar lo que Él ha puesto en nuestras manos para anunciar que Dios perdona a todo aquel que cree y se arrepiente. Tal vez no parezca mucho para algunos, pero lo cierto es que hoy, tal como ocurrió en los días de los apóstoles, el evangelio es poder de Dios para salvación, poder de Dios para cambiar el mundo.

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