Vivimos días extraños que nos llenan de confusión. Además de la situación sanitaria que se vive en el mundo, junto con las demás dificultades que ha traído a nivel social y económico, lo cierto es que cada día ocurren cosas en verdad particulares, por no usar muchos más adjetivos.
El negro ya no es negro, el blanco ya no es blanco, y ni siquiera se trata de una escala de grises, hoy en día cada persona parece formar su propia realidad según sus conveniencias y preferencias. Todos creen lo que quieren y no se conforman con pensarlo en su mente, ahora los demás debemos estar de acuerdo con ellos, e incluso debemos celebrar y aplaudir lo que consideran «real».
La realidad no se determina por lo que nosotros creemos; yo puedo pensar que mido dos metros y creer que puedo competir en la NBA, pero lo cierto es que no es así, no importa cuánto crea eso en mi mente ─de por sí no soy muy bueno para el baloncesto─. Pero, ¿cómo hemos llegado hasta estos extremos? ¿Cómo es posible que en la sociedad occidental, donde supuestamente la razón está por encima de todo, la gente crea este tipo de cosas?
Existen varios aspectos importantes al momento de responder estos interrogantes, pero todos ellos giran alrededor de un punto: el decaimiento de la influencia del cristianismo en el mundo. Desde finales del siglo XIX, el hombre ha contemplado la idea de vivir en un mundo en el que Dios y lo que Él dice no tiene mucha importancia. Las primeras semillas que se sembraron para llegar al punto en el que estamos ahora comenzaron con Charles Darwin. Al presentar un modelo en el que la complejidad de la vida pudiera ser explicada sin la intervención del Creador, se dio el primer paso para llegar a la tremenda confusión que vemos en el mundo en la actualidad. Después de todo, si Dios no nos creó entonces no hay una autoridad mayor a la que debamos dar cuentas, podemos hacer lo que queramos.
Ese ha sido el gran sueño del hombre: la autonomía. La palabra en español viene de dos términos griegos: auto (propio) y nomos (ley); es decir, la ley propia. En las palabras de Aleister Crowley: «Haz lo que quieras, esa será toda la ley». Tomó tiempo, pero lo cierto es que la influencia que el cristianismo tuvo sobre nuestra cultura en el mundo occidental ha comenzado a apagarse lentamente desde hace unas décadas, y la autonomía que se sembró con la idea darwiniana de que el hombre no fue creado a imagen de Dios, como claramente enseñan las Escrituras (Génesis 1:27), dio su fruto, un fruto que ha llenado al mundo de confusión y caos.
¿Qué podemos hacer entonces? ¿Estamos sin esperanza en estos tiempos en que la confusión parece reinar? Ciertamente no. Aunque millones de personas en el mundo se rehúsen a reconocer que han sido creados por Dios, o aunque lo crean pero menosprecien lo que Él dice y vivan como ateos prácticos que no consideran lo que dicen las Escrituras, lo cierto es que el Señor aún sigue en Su trono. Parece que la carrera que el hombre realiza hacia la plena autonomía ─donde nadie le puede decir qué hacer, ni sus padres, ni el gobierno, ni la policía, ni Dios mismo─ no tiene vuelta atrás, pero el Creador, a pesar de Su misericordia, observa atentamente lo que ocurre en Su mundo y no tendrá por inocente al culpable (Éxodo 34:6-7).
Dios, por medio de la Biblia, es el único que otorga luz en medio de los días confusos que vivimos en el mundo. Si rechazamos lo que Él dice caminaremos en un túnel oscuro hacia nuestra propia destrucción (Isaías 5:24; Jeremías 8:9), y lo que ocurre en la actualidad nos demuestra que esa es la ruta que el hombre está tomando. Pidamos al Señor que despierte el corazón de muchos para que la nube de confusión pueda disiparse y podamos comprender que como criaturas hechas a Su imagen debemos considerar la realidad de las cosas tal y como Él las define, más allá de lo que nosotros pensamos o consideramos en nuestros propios razonamientos.

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