Existen personas con las que no es fácil relacionarnos, ya sea porque sus actitudes son muy diferentes a las nuestras, o porque nosotros no colaboramos mucho en bajar la cabeza, o porque ellos no ceden y se encierran en una idea sin considerar todos los hechos. Sea cual fuere el caso ─es posible que sea una suma de todos los elementos mencionados─, lo cierto es que de tiempo en tiempo nos encontramos con personas con las que hacemos cortocircuito. Esa descarga que se produce entre dos polos opuestos suele darnos más de un dolor de cabeza.
Cuando tenemos diferencias con alguien nuestro carácter es puesto a prueba, y no siempre logramos pasar el examen ilesos. Los roces y las dificultades pueden generar resentimiento en nuestro corazón, y eso a su vez puede hacernos cambiar nuestra actitud hacia el ofensor. Es cierto que muchas veces tenemos personas a nuestro alrededor que no ayudan, personas difíciles que hacen que la convivencia no sea agradable; sin embargo, eso es solo una parte del problema.
¿Orgullo o humildad?
Si experimentamos muchos cortocircuitos en nuestra vida es posible que el problema no esté en lo demás. Tal vez tenemos una opinión muy elevada de nosotros mismos y no reconocemos nuestros errores fácilmente. Solemos ofendernos porque queremos que las cosas salgan siempre a nuestra manera y cuando ocurre lo contrario nos molestamos. Eso hiere nuestro orgullo y en ese momento comienzan a aparecer las chispas. ¿Qué podemos hacer entonces? Bueno, lo primero es tener una actitud más humilde, una actitud que no solo reciba la ofensa, sino que incluso esté dispuesta a «poner la otra mejilla» por amor al otro (Mateo 5:39). Esa famosa frase del Señor Jesús está en el contexto de uno de los mandamientos más difíciles de cumplir en toda la ley de Dios: «Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen» (Mateo 5:44). ¡Qué tremendas palabras!
Cumplir ese mandato, como cualquier otro, es imposible si lo intentamos por nuestros propios medios. Si tratamos de amar a aquellos que son contrarios ─aquellos que tienen mala voluntad hacia nosotros─ por nuestras propias fuerzas, simplemente fracasaremos.
Amar verdaderamente a alguien que nos ofende es una obra que Dios produce en el corazón de aquellos que le pertenecen. La respuesta normal que nosotros tenemos como seres humanos es devolver mal por mal, pero si como creyentes consideramos el perdón que Dios nos ofreció en Cristo, entonces nosotros también podremos ofrecer perdón a aquellos que nos rodean (Colosenses 3:13). Si consideramos que Dios nos amó incluso cuando éramos Sus enemigos (Romanos 5:10), entonces podremos seguir Su ejemplo y extender ese amor a aquellos que son contrarios a nosotros.
Las personas siempre nos ofenderán, eso es seguro, y nosotros también las vamos a ofender. Esa es una realidad que lamentablemente no podremos evitar mientras estemos en este mundo. Sin embargo, podemos evitar cortocircuitos si en lugar de responder a la ofensa con otra ofensa, lo hacemos con una bendición. Eso es lo que Cristo nos enseñó a hacer.

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