¿Para qué hacemos las cosas? Pensar en la razón por la que nos levantamos cada día es algo que puede cambiar completamente la perspectiva que tenemos de la vida; sin embargo, la respuesta a este interrogante no es tan sencilla como quisieramos.

Motivaciones más que actitudes

Creo que muchas veces nos enfocamos más en las actitudes que en las motivaciones. Una actitud es una disposición de ánimo que se manifesta de una forma visible. Las motivaciones, por otro lado, son los factores internos o externos que determinan en gran parte nuestras acciones. Aunque la mayoría de las personas cree que lo que más debemos cuidar son nuestras actitudes, lo cierto es que tener una buena actitud sin una motivación correcta puede ser, a largo plazo, tan perjudicial como tener una mala actitud.

Podemos enfrentar la vida con una actitud positiva, pero nuestra motivación detrás de dicha actitud puede ser un deseo egoísta, un deseo por que las cosas marchen bien para nosotros, sin importar lo que ocurra con aquellos que están a nuestro alrededor. Las buenas actitudes no están por encima de una motivación correcta, pero si tenemos las motivaciones correctas seguramente nuestras actitudes también serán apropiadas, no todo el tiempo debido a nuestro pecado, pero sí con mucha frecuencia.

Motivados por el servicio

Comprendiendo que las motivaciones son más importantes que las actitudes, volvamos a la pregunta inicial, ¿para qué hacemos las cosas? Creo que muchos responderían: Para sentirnos bien con nosotros mismos, para alcanzar nuestras metas, para ser alguien en la vida, etc. Cada una de estas respuestas es válida, hasta cierto punto, pero todas están centradas en nosotros mismos. No existe un bien mayor en lograrlas más que nuestra propia satisfacción; sin embargo, la vida no se trata solamente de nosotros y nuestros deseos. Dios nos ha puesto en una comunidad a la cuál debemos servir, y principalmente debemos servirlo a Él en todo lo que hacemos.

Enfocarnos en el servicio a Dios es la mejor motivación que podemos tener en nuestras vidas. Las cosas, e incluso las personas, no pueden llenar ni satisfacer el anhelo que tenemos por algo mayor, un anhelo que Dios mismo ha puesto en el corazón de los hombres.

«Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin» (Eclesiastés 3:11).

Sin importar cuántas metas podamos alcanzar o cuántos sueños podamos cumplir, lo cierto es que nunca estaremos satifechos. Siempre queremos algo más, algo nuevo que satisfaga nuestros deseos. Ese es un común denominador en todos los seres humanos. El conocimiento, el placer, la satisfacción del deber realizado, entre otras cosas, siempre nos dejarán con el deseo de más; es como beber de un pozo que no tiene agua (Jeremías 2:13). Si saber más, disfrutar más y sentirnos mejor no son motivaciones suficientes para llenar el corazón ─al menos no de forma plena─, entonces concluimos que la motivación correcta no está en nosotros mismos ni en lo que podamos lograr, sino en nuestro Creador, Aquel que nos puso en este mundo y que algún día nos pedirá cuentas (Hebreos 9:27).

Si en verdad hemos creído en Cristo para salvación no vivamos para nosotros mismos, vivamos para Dios, buscando Su voluntad en la Biblia y usando los dones y talentos que hemos recibido de Su mano para servirle a Él y a quienes nos rodean. Cuando las dificultades del mundo nos abrumen, recordemos que no hay mejor motivación para levantarnos cada día que vivir para el Señor, poniendo nuestro corazón en las cosas de arriba, las cosas de Dios (Colosenses 3:1-2).

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Una respuesta a «Las motivaciones del corazón»

  1. Avatar de Julián De Mary
    Julián De Mary

    Excelente lectura… Bendiciones!

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